Y EMANCIPACIÓN NACIONAL Y SOCIAL
DE GÉNERO
2-3).- LO VIEJO, LO PERMANENTE Y LO NUEVO:
Naturalmente e insistimos en esto, las interacciones entre los seis componentes, y otros que no se han citado, dependen de múltiples factores que no podemos exponer aquí y que exigen un estudio concreto de cada caso. Sin embargo, dado que el plustrabajo material y simbólico al que nos hemos referido, y el excedente global, psicosomático, en el que se materializa, está en la base del proceso, por eso, indefectiblemente, todas las sociedades patriarcales tienen códigos esencialmente idénticos sobre el particular. Variarán las formas ideológicas de legitimación de esa esencia, y también cambiarán las formas y contenidos de la explotación al tener que supeditarse el patriarcado a los diferentes modos de producción. Pero, visto el problema desde la perspectiva de tiempo largo, el tiempo de duración del patriarcado en cuanto expropiación más o menos brutal y siempre injusta del excedente generado por la mujer, desde esta visión no hay diferencias cualitativas en aquellos aspectos que sobrevivan adaptados a las innovaciones impuestas por los modos de producción. Hay que remarcar lo de "sobrevivir", porque otros han desaparecido al no ser necesarios para las nuevas clases dominantes Debemos partir siempre de la historicidad de esas características, del hecho básico de que son producto de las necesidades de explotación y de que, por eso mismo, pueden y de hecho de que algunas son olvidadas y superadas, y otras readecuadas más o menos profundamente.
Pongamos cuatro ejemplos básicos para explicar esta dialéctica. Uno es el de la evolución de las instituciones familiares en la Europa occidental desde el siglo XIII, cuando comienza a recuperarse la economía dineraria y a expandirse la mercantilización, forzando y rompiendo todos los sistemas de linaje y de producción familiar de valores de uso, etc. Pues bien, la evolución de las familias campesinas más o menos amplias, de las familias nobles, de la inicial familia burguesa del siglo XV a la burguesa del siglo XVIII y la lenta aparición de la familia obrera desde mediados del siglo XIX, estos cambios exigen ubicar siempre las relaciones patriarcales dentro y supeditadas a la evolución socioeconómica. Otro ejemplo es el de los cambios en las prácticas sexuales dentro y fuera de esas diversas familias, con sus formas propias según las clases y las culturas nacionales, pero siempre, a la larga, sometidas a una presión creciente de la disciplina mercantilizadora como se comprueba al ver el retroceso de las libertades sexuales de las mujeres europeas desde el siglo XIII en adelante y los sucesivos códigos disciplinadores y represivos puestos por los poderes.
El tercero es el de la evolución de las diversas corrientes del cristianismo en cuanto cuerpo ideológico alienador, en el sentido marxista de la religión como opio del pueblo, y en el de la muy correcta crítica feminista como religión patriarcal y misógina, de modo que esta religión fue cambiando en sus legitimaciones sobre las familias oficiales y en sus persecuciones a las libertades de las mujeres siempre, dentro de una autonomía relativa obvia, en función de las necesidades del poder. Por último, viendo todo lo anterior, estos cambios empero no han anulado comportamientos brutales de los hombres que reaparecen en los momentos cruciales y que nos remiten a las prácticas de los mongoles para quienes, en palabras del propio Gengis Khan: "La mayor delicia para un hombre es derrotar a sus enemigos, hacerlos correr delante de él, ver las caras de sus seres queridos bañadas en lágrimas, montar sus caballos, apretar en sus brazos a sus hijas y mujeres". Si comparamos muy frecuentes comportamientos sexistas brutales en el actual capitalismo "civilizado" con estas palabras de comienzos del siglo XIII, vemos una siniestra y terrible continuidad de fondo. Cambiando los caballos por los bienes actuales, el resto sigue inalterable, y eso que los mongoles vivían en una economía precapitalista, con poco uso del dinero, mucho trueque y bastante economía comercial, por ejemplos, caravanas de hasta 500 camellos recorriendo los miles de kilómetros de la ruta de la seda.
Si la dialéctica entre lo viejo, lo permanente y lo nuevo se manifiesta en todas las cosas, es en el problema de las relaciones de supeditación del patriarcado a los modos de producción en donde aparece en toda su complejidad. La pervivencia de las palabras de Gengis Khan en nuestro presente, por no remontarnos a época más antiguas en las que las mujeres eran tratadas bastante peor que los animales, es un ejemplo concluyente. Pero la diferencia cualitativa del capitalismo con respecto al feudalismo y a otros modos de producción es que el capitalismo, para existir, debe acumular y por ello debe producir más y más mercancías, mientras que el feudalismo y otros modos de producción anteriores podían existir dentro de un equilibrio inestable pero estático entre la producción de valores de uso para el consumo familiar y hasta colectivo en determinadas regiones y la producción de valores de cambio, mercancías, para intercambiarlas en el mercado del propio pueblo o en las regiones circundantes, dentro de contradicciones específicas a cada modo de producción que no podemos analizar aquí. En el capitalismo, la producción de mercancías obliga más temprano que tarde a la mujer a buscar trabajo fuera de casa, o al contrario, según la evolución económica, a volver a casa al tener que abandonar el trabajo asalariado, o al tener que dedicar más tiempo a esa casa. Se terminan rompiendo las viejas relaciones patriarco-feudales y surgen las patriarco-burguesas en un proceso cargado de tensiones, luchas, sacrificios y también algunas victorias que mejoran las condiciones de vida y trabajo. Las relaciones patriarcales viejas y superadas no tienen más remedio que amoldarse a esos cambios, o perecer.
Pero es la propia clase dominante la que interviene en ayuda de esa adaptación a los cambios objetivos, en un proceso lleno de contradicciones y disputas internas, pero también alianzas mutuas contra las mujeres. Una alianza terrible fue la de las burguesías protestantes y católicas contra las libertades de las mujeres deteniendo, torturando y quemando a de miles de ellas en Europa bajo la acusación de brujería, con el apoyo entusiasta del sadismo católico, luterano, calvinista, etc. Según los avatares de las luchas de la mujer y siempre dentro de las contradicciones totales, se han repetido esas alianzas entre los hombres que se enfrentaban mutuamente en otras luchas y hasta en guerras. Lo sucedido, por ejemplo, en las revoluciones burguesas es sintomático al respecto, como también lo es, a otra escala, la profunda identidad de las medidas que toman todas las burguesías para descargar sobre las mujeres las políticas de aumentos de la explotación invisible mediante la expulsión del mercado de grandes ramas del trabajo socialmente necesario, mediante la condena de las mujeres trabajadoras en la "vida pública" a volver al trabajo doméstico; o a la inversa, según las necesidades opuestas, forzar su salida de casa para ir a la fábrica bien por que haya guerra y se necesita multiplicar la producción y hasta los servicios logísticos, bien porque haya demanda de trabajo asalariado. Lo mismo podemos decir de las políticas de natalidad dictadas desde el Estado burgués y sujetas siempre a las necesidades de acumulación del capital. Según sean las tradiciones históricas patriarcales de cada país, según sus relaciones de fuerzas internas y según las necesidades de acumulación de capital -insistimos en esta "razón última" aunque aparentemente abstracta- variarán esas políticas natalicias con efectos totales y vitales sobre, contra, las mujeres de todas las edades.
A partir de esa diferencia cualitativa de la acumulación del capital, que es una de las originalidades creativas de Marx, , la suerte de las mujeres bajo el capitalismo queda supeditada a las fuerzas irracionales de la acumulación y a la ley del valor-trabajo que, entre otras cosas, designa a la larga el movimiento de los capitales de una rama productiva a otra, de un a industria a otra, haciendo que unas empresas desaparezcan y otras tengan sobreganancias transitorias, beneficios por encima de la media, afectando en primerísimo lugar a las mujeres. Es verdad que la misma suerte la corren el resto de trabajadores asalariados, y no solamente las mujeres con doble jornada de trabajo. Lo que afecta especialmente a las mujeres es que esos cambios, sin son negativos para la empresa que les explota, le condenan a volver al infierno doméstico o a tener que esforzarse sobremanera porque sus salarios se han visto reducidos o no aumentan lo suficiente, y la cosa se complica más si se reduce también el de sus maridos, y hasta el de algun@s si viven en casa. Mientras que los hombres en paro tienen "vida pública", cuadrillas, amigos, etc., la inmensa mayoría de las mujeres no sólo no tienen esa posibilidad sino que encima socialmente está mal visto que la tengan. La dominación patriarco-burguesa hace que la mujer deba multiplicar su trabajo doméstico para suplir el salario que ha perdido o para compensar su reducción si es eso lo que ha ocurrido, haciendo más valores de uso para el consumo doméstico, gastando más tiempo en buscar tiendas más baratas, gastando más tiempo en atender a los enfermos y personas mayores, etc., mientras que el hombre está libre de ese sobretrabajo precisamente porque es hombre. De igual manera, debe aguantar y sufrir las frustraciones y descargas de violencia de su marido e hijos al ser el sumidero de las tensiones creadas por el aumento de la explotación, precarización e incertidumbre vivencial.
Ahora bien, esta especificidad histórica del capitalismo le añade una contradicción propia que no existía en modos anteriores que disponían de regulaciones y disciplinas adecuadas a sus formas específicas de explotación, opresión y dominación de las mujeres. En el capitalismo, la ciega necesidad de producción generalizada de mercancías termina por forzar y romper al final la estructura básica del marco familiar patriarco-burgués, que es el sitio en donde se produce el grueso del trabajo socialmente necesario mediante el trabajo doméstico. Sin embargo, en determinados momentos, la burguesía y en general los hombres necesitan controlar esa tendencia por razones que veremos, aplicando regulaciones sociales, salariales, natalicias, productivas, educativas, sexuales, etc., destinadas a ampliar la productividad material y simbólica, psicosomática, que obtiene de las mujeres, y que hemos intentado sintetizar arriba. Eso crea contradicciones objetivas que no existían en modos de producción anteriores, y por tanto, sobre la base de esas contradicciones, surgen las posibilidades de una conciencia, de una subjetividad feminista cualitativamente diferente a la que podía existir en sociedades anteriores. No es casualidad, en modo alguno, que sea con y mediante la expansión de la mercancía y de la ley del valor-trabajo cuando, a su calor, se produce una radicalización en las luchas feministas históricamente analizadas.
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